La escasez de agua en Katmandú

“kanchi lai ghumaune Kathmandu sahara…” es el sonoro canto que entusiasmaba a Harka Bahadur. Pasó su juventud en un pueblo rural, donde soñaba con instalarse en una gran ciudad con su Kanchi y sus hijos. Hacía ya cinco años que su familia había emigrado a Katmandú, la tierra soñada… Pensaba que nunca volvería a su pueblo, pero una y otra vez se veía obligado a volver solo para respirar aire fresco. Katmandú ya no es la tierra de sus sueños, ahora le parece una ciudad podrida. Le molestan la suciedad y el polvo, pero se queda por sus hijos.

 Hace unos días volvió a pelearse con un vecino por agua: ¡uno de ellos se había colado en la fila! Miraba las caras tristes y los ojos hinchados de su esposa y sus hijos (que no habían podido terminar sus deberes por el alboroto) y se sentía frustrado. No era la primera vez,  pero ya no podía soportarlo.

Todos los días Harka Bahadur va a su oficina en motocicleta. El mar de vehículos en la ciudad de cemento genera un ruido ensordecedor y polvo de humo. Luego están las montañas de basura y las aguas residuales que circulan libremente—el denominado río divino—, y que tiene que atravesar. Esto basta para ponerlo de malhumor y para que no soporte los comentarios de su jefe. Por eso sale de su casa a las 8.30 aunque empiece a trabajar a las 10.

Hoy, como llueve a cántaros, llega cubierto de barro. Sus colegas se ríen de él… no porque esté sucio, sino porque saben exactamente lo que va a hacer. Lo han visto lavarse en la oficina unas cuantas veces… y hoy lo volverá a hacer.   

Sentado en su silla, piensa “¿Qué hará Kanchi hoy?” Irá a la casa de unos vecinos, no para estar con ellos, sino para lavar ropa sucia. Eso iba a hacer porque, de lo contrario, sus hijos no podrían ir a la escuela pues no tendrían ropa limpia. Si eso no funcionara, él tendría que ir a comprar agua (que es realmente cara).  

Se fue temprano de la oficina, pensando que su esposa volvería tarde de casa de los vecinos. Sin embargo, cuando llegó a su casa, lucía una gran sonrisa. Por la fuerte lluvia los niños no habían ido a la escuela, así que ella no había tenido que ir a la casa de los vecinos a lavar. Le dijo a los niños que leyeran, pero ellos salieron a jugar bajo la lluvia. Cuando los miró, no podía creer a lo que jugaban: recogían agua de lluvia con el paraguas dado vuelta y se la llevaban a casa. Entonces, corrió a la cocina y sacó todos los cuencos vacíos. Con la lluvia que juntaron, lavó toda la ropa y sobró agua suficiente como para bañarse.

Estaban muy contentos y se fueron a dormir temprano. Harka Bahadur decidió despertarse al amanecer e ir deprisa al proveedor de sistemas de recuperación de agua de lluvia para instalar uno en su casa costara lo que costara…